miércoles, 22 de abril de 2009

La depuración de los honestos

El PSOE y Zapatero han tratado de vestir de "refuerzo" de la candidatura del partido a las elecciones al Parlamento Europeo la inclusión de Ramón Jáuregui como número dos. ¿Es creíble teniendo en cuenta que los parlamentarios europeos no aparecen nunca en la política nacional? ¿Es creíble teniendo en cuenta que, de enterarse del candidato, el grueso de los ciudadanos no se enteran más que del número uno?

Ramón Jáuregui era el último gran político que quedaba en la primera línea del PSOE. Honesto, honrado, reflexivo, tolerante, sensato, Jáuregui es el tipo de político a partir del cual haríamos un molde que sirviera para fabricar a los otros.

Ramón Jáuregui se jugó el pellejo en Euskadi primero como legitimador solitario del Estado en el durísimo País Vasco de los 80 y después como salvador de la convivencia entre los vascos pactando con el PNV en 1986. Las miserias de la política le maltrataron en Ferraz en 1993, cuando Felipe González le llamó para dirigir la campaña electoral, y volvió a su País Vasco a continuar su impecable labor, siempre al servicio de la sociedad en su conjunto.

La llegada de Zapatero al PSOE en 2000 lo arrinconó, y sólo su enorme capacidad de trabajo, su fidelidad y su entrega infinitas al partido lo hicieron ascender en el Congreso. Su currículum y su calidad como político lo habrían convertido en ministro de un Gobierno presidido por un Presidente con altura de miras y criterios sólidos. Sin embargo, su fidelidad y su capacidad no fueron suficientes en 2004, ni en 2008, para ser nombrado miembro del gabinete. Porque era y es fiel y capaz, pero le falta algo sin lo que el jefe no se fía: sectarismo.

Ahora, Zapatero manda a Ramón Jáuregui a Europa. Nadie se cree que sea un premio, ni una puesta en valor de una figura política que merece un reconocimiento unánime y la ovación cerrada que sus compañeros no le dedicaron el otro día en el Congreso. Es, simplemente, una forma de quitarse de encima a alguien demasiado poco 'apegado', demasiado ligado a la oligarquía del PSOE por lazos de fidelidad racional y honesta y demasiado poco por una adhesión ciega, como si ésta debiera ser el componente básico de las relaciones en política y no un elemento más bien a evitar.

Se quejaba el otro día Ramón Jáuregui de que el PSE nunca le ha reivindicado. Y es cierto. El hombre que puso su vida en peligro y sus habilidades al servicio de la noble causa de la convivencia ha sido absolutamente ignorado por Patxi López y los suyos, como si éstos no ocuparan el espacio que hoy ocupan gracias a la labor de dirigentes como él.

Jáuregui llevará a cabo una labor brillante en el Parlamento Europeo. Pretende acercar la política europea a España, seguir estando presente aquí y poder así hacer presente la dimensión europea en el debate político español. Es difícil que lo consiga, porque ni el 'muy europeísta' PSOE de Zapatero tendrá el más mínimo interés. Por algo lo mandan a Bruselas.

Sólo queda dar las gracias a Ramón Jáuregui y desearle mucha suerte. Y confirmar que Zapatero va camino de convertirse en la pesadilla de quienes creemos en una socialdemocracia española grande, plural y al servicio de los ciudadanos.

martes, 3 de marzo de 2009

Y ahora, el cambio

Las elecciones del 1-M han dado a las fuerzas no nacionalistas el número mágico: 38. Como ciudadano no nacionalista que se siente vasco y español en la misma proporción, esta es una noticia extraordinariamente feliz. Por fin, después de 29 años (de los cuales yo he vivido 22), del Parlamento vasco podrá emanar un Gobierno alejado de tentaciones comunitaristas y abierto al reconocimiento de la pluralidad vasca. En Euskadi sigue habiendo una mayoría sociológica nacionalista, y uno no puede dejar de lamentar que a estas alturas de la película un partido como Batasuna que recibe el apoyo de cerca de 100.000 ciudadanos no se haya integrado en el juego democrático. De haberlo hecho, habría obtenido cerca de 7 escaños, y no me cabe ninguna duda de que Ibarretxe habría aceptado los votos justos que a buen seguro la izquierda abertzale le habría ofrecido. Pero que quede claro: si no han podido presentarse la culpa ha sido exclusivamente suya y eso no resta un ápice de legitimidad a los resultados ni un gramo de calidad democrática al sistema.

Hay, como digo, una mayoría parlamentaria que pertenece a las tres fuerzas no nacionalistas, PSE, PP y UPyD. Las tres votarán sin ninguna duda de forma negativa a la investidura de Ibarretxe. Si el PNV presenta, de forma muy improbable, otro candidato, será para ganar el apoyo de los socialistas, pero no renunciará a la lehendakaritza, a la que el PSE también anunció que no piensa renunciar. Patxi López se presentará, y el PP votará sí, a buen seguro, lo que le dará, casi sin ninguna duda, la lehendakaritza.

Indigna que quienes han disfrutado de la poltrona desde un gobierno sectario y frentista exijan a otros ahora la tranversalidad de la que tanto se han burlado y por la que tanto atacaron a Josu Jon Imaz. Indigna que quienes desde el centro derecha liberal gobernaron con los autodenominados comunistas y los autodenominados socialdemócratas crean ahora aberrante que la izquierda socialista alcance el poder con el apoyo del centro derecha liberal. Indigna que los mismos que gritaron como auténticos locos cuando los socialistas navarros se negaron a desbancar al con enorme diferencia primer partido del Parlamento navarro, UPN, y que gobiernan en Gipuzkoa siendo la segunda fuerza y en Álava siendo la tercera crean ahora absolutamente imposible e inmoral que el segundo partido ocupe en Euskadi la lehendakaritza.

Y entristece mucho comprobar que todo eso obedece a que el nacionalismo no ha conseguido ni querido, en todo este tiempo, quitarse una idea de la cabeza: que Euskadi, y por ende su Gobierno, les pertenecen. Puede parecer un prejuicio, una idea demasiado caricaturesca y excesivamente manida para ser cierta, pero las continuas declaraciones de los dirigentes nacionalistas lo dejan claro: el poder es suyo. Tiene mucha razón Patxi López cuando afirma que "no acepto ninguna amenaza de otro partido" y que "el PNV debe asumir que no es el régimen ni la religión de Euskadi". Los resultados electorales y la posibilidad de la alternancia han llevado a los nacionalistas a mostrar su plumero más feo.

Pero la posibilidad del cambio es una realidad. 38 diputados (quizá 39) sobre 75 pertenecen a fuerzas políticas que pedían dicho cambio. Y el PSE, el partido que con su enorme valentía y responsabilidad impidió que Euskadi se fuera al garete en los años ochenta, el partido de Indalecio Prieto, Txiki Benegas, Ramón Jáuregui y Fernando Buesa, el partido que construyó gran parte de la Euskadi del bienestar que hoy conocemos, se merece encabezar el cambio en solitario. Patxi López y su equipo no son lo mejor de la historia del socialismo vasco, y ciertas referencias a una reforma estatutaria me asustan, pero en su mano y en su voluntad está cambiar muchas cosas.

Que chisten quienes chistan. El cambio que ahora empieza no les va a dejar fuera. Nadie va a hacer con ellos lo que ellos hicieron con nosotros durante tanto tiempo.

domingo, 1 de febrero de 2009

El valor del cambio

Nos encontramos a tan sólo un mes de la jornada electoral que puede marcar un cambio histórico en el recorrido de la Euskadi democrática. Las perspectivas electorales de los socialistas son positivas y creer hoy en un cambio de partido en el Gobierno Vasco es perfectamente realista y nada exagerado. Cambio, es la palabra mágica. ¿Pero qué es lo que tiene que cambiar exactamente? ¿En qué coordenadas tiene que funcionar este cambio?

Echar un vistazo a la historia del Partido Socialista de Euskadi permite comprobar la existencia de dos estrategias distintas para la llegada al poder y de dos concepciones distintas de la labor a acometer una vez alcanzado. En el momento de su creación, en 1977, los socialistas vascos ocuparon posiciones cercanas al nacionalismo, comprensibles en un contexto preconstitucional que aún no había obligado a hacer honrosas renuncias a nadie. Constitución primero y Estatuto después configuraron la base del discurso y la guía de actuación del PSE a partir de 1979. Resuelta con esas necesarias renuncias la cuestión de la forma del Estado y del encaje de Euskadi en España, los socialistas, con Txiki Benegas a la cabeza, adoptaron, durante la primera mitad de los 80, una responsable y valiente actitud de defensa activa de los consensos básicos y del pluralismo de la sociedad vasca frente a un Gobierno Vasco radicalmente excluyente dirigido por el irresponsable Garaikoetxea. Los socialistas lo tenían claro: había que formar consensos básicos contra el terrorismo, aceptar la pluralidad de la sociedad vasca y centrar la acción política del Gobierno en la mejora de las condiciones de empleo, en el desarrollo de las enormes posibilidades que ofrecía el Estatuto en materia de servicios sociales, etc... Ese debía ser el 'campo natural' de juego de los socialistas, la oferta alternativa: la sustitución de la política que ponía en cuestión las bases por la política que, desde la plena aceptación de las mismas, se dedicaba a resolver los problemas reales de la sociedad.

A partir de 1988, con la llegada de Ramón Jáuregui a la secretaría general del PSE, el partido comenzó a desarrollar un nuevo concepto: el vasquismo. Se trataba de despegarse de la imagen de 'partido foráneo', de abrir el partido a la izquierda plural vasca aligerando la carga crítica contra el nacionalismo. Gracias a esta estrategia se produjo, en 1993, la absorción de Euskadiko Ezkerra. El vasquismo, que se pretendía aperturista y aglutinador, se reveló como una estrategia fallida en la búsqueda de nuevos apoyos electorales: el descenso del apoyo electoral a los socialistas fue constante a partir de 1991. Tras la llegada de Patxi López a la secretaría general el partido retomó la estrategia vasquista. Frente a las irresponsabilidades de Ibarretxe, y frente a la puesta en cuestión constante por los nacionalistas del marco jurídico y de las bases de la convivencia del País Vasco, principalmente a partir de 1998 en Estella, el PSE optó por asumir la necesidad de una renegociación del marco jurídico, de la elaboración de un nuevo Estatuto capaz de lograr un amplio consenso. Es así como en 2005 se dio a conocer el proyecto de nuevo Estatuto del PSE, que introducía el polémico término de 'comunidad nacional'. Olvidado este proyecto, lo cierto es que la idea de la necesidad de una renegociación del marco jurídico de Euskadi está aún hoy muy presente entre los dirigentes socialistas vascos. Decía Ramón Jáuregui el 25 de enero en un artículo en El Correo que "la reformulación del marco jurídico-político vasco" es una de las tres cuestiones principales a abordar por la política vasca próximamente. "El debate sobre nuestro marco político interno y sobre nuestra relación con España no ha dejado de atormentarnos. [...] ¿Qué cabe hacer ahora? Encontrar un nuevo consenso sobre nuestro marco estatuario, reformulándolo, adaptándolo a las nuevas realidades. [...] Una reformulación de nuestro Estatuto es un paso de confirmación de nuestro autogobierno que debiera comprometer a todo el arco parlamentario vasco y que quizás, si sonara la flauta de la racionalidad y de la democracia en el espacio del nacionalismo independentista, pudiera ser la oportunidad de su incorporación a la vida política vasca."

La cuestión que uno se plantea ante esta renuncia/asunción de los socialistas es: ¿hasta qué punto la discusión identitaria, Estatutaria, constitucional, se debe a una preocupación real de llos ciudadanos y hasta qué punto es una creación de los nacionalistas trasladada con empeño a la sociedad? La ciudadanía es independiente y vota en libertad en el sentido que desea. Pero la política existe como la hacen los políticos, y por lo tanto es en función de éstos que se configuran los debates y las prioridades, y desde los tiempos de la transición el nacionalismo ha centrado el debate en el cuestionamiento de las bases. Para algunos, entre los que me incluyo, el cambio de partido en el Gobierno Vasco tiene que tener implicaciones profundas al respecto. Porque los socialistas no deben entrar en ese juego. No sólo se trata de llegar al poder para dar un barniz 'de izquierdas' a la gestión, para sustituir unos altos cargos por otros y para sustituir unas redes clientelares maduras por otras nuevas. Se trata de cambiarlo todo en la política vasca. Se trata de centrar la acción política en los problemas que realmente afectan a la sociedad, empezando sin duda por el terrorismo y la 'enfermedad moral' que contagia. Se trata de llevar las coordenadas de la forma de hacer política a un lugar distinto, al lugar en el que los ciudadanos desean encontrar respuestas a sus problemas, que es además el lugar en el que los socialistas se han sentido más cómodos históricamente. Se trata de poner la agenda, los issues, patas arriba, de cambiar las prioridades. De resolver problemas y así hacer pedagogía: la política resuelve problemas, no los crea. Una satisfactoria trayectoria en este sentido obligaría a los nacionalistas a relativizar la importancia que sus proyectos tienen para la ciudadanía, que ha comenzado a demostrar estar muy por delante de sus representantes nacionalistas: así hay que entender que los ciudadanos, mayoritariamente, no hayan querido seguir al lehendakari en sus aventuras rupturistas e irresponsables. Sólo ellos harán cambiar al nacionalismo, no un nuevo debate Estatutario que supondría la continuidad de la misma dinámica y que, para los nacionalistas, y mientras las coordenadas de la política no cambien, siempre será insuficiente.

domingo, 28 de diciembre de 2008

País dinámico, actor irrelevante

Cuando Chirac y Schröder cogieron el avión para aterrizar en Madrid y sacarse en los jardines de La Moncloa fotos como esta con Zapatero, se nos vendió que España se incorporaba a la locomotora franco-alemana, tan importante a lo largo de la historia de la integración europea. Zapatero sería, pues, la tercera pata de ese 'eje' que vertebra y dinamiza la unión. Los medios se apresuraron a hacer comparaciones con la famosa foto de las Azores, para regocijo de asesores socialistas y de europeistas convencidos. España, tras varios años de infidelidad a los artífices de su espectacular desarrollo desde mediados de los ochenta, "volvía a Europa". Claro que cuando Chirac y Schröder se volvieron a París y Berlín, respectivamente, ni por asomo pensaron en incluir a Zapatero en su potente eje, y eso se vio claramente cuando el presidente del Gobierno no fue invitado al siguiente encuentro franco-alemán. Aquellas fotos del "everyday, all the day, bonsais" no habían sido más que una forma de hacer rabiar a George Bush para alemanes y franceses y tan sólo un espejismo para los españoles que de ella esperábamos algo importante.

Cuando los socialistas llegaron al poder se abandonó el alineamiento con la política exterior estadounidense de forma acertada, pero el empuje del cambio de estrategia no proporcionó el combustible suficiente como para cruzar el Atlántico. Tras una vuelta por Venezuela a la que le fallaron más las formas que los fondos, nuestra política exterior quedó hundida en las aguas del Atlántico norte, como el Titánic, desaparecida.

Zapatero despertaba admiraciones, llenaba portadas, era objeto de un insólito eco mediático a nivel internacional, España transformaba su carta de presentación internacional y despertaba más admiraciones que nunca... pero desaparecía del tablero de las relaciones internacionales, allí donde un presidente admirado, unas políticas sociales avanzadas y un país culturalmente explosivo no bastan para jugar la partida.

Y es que para el Gobierno la foto fue suficiente. De nuevo, la imagen era más importante que el contenido. Pero más allá de la foto, dio la sensación de que la asunción por parte del Gobierno del hecho de que España no es ni puede ser a corto plazo un actor básico de las relaciones internacionales le impidió fijarse a medio plazo el objetivo de lograr una posición de liderazgo. La última reunión del G-20 ha demostrado que, con voluntad política y con intenso trabajo diplomático, España puede ocupar un lugar importante. Voluntad y talento, dos elementos que van más allá de la foto y que requerirán de Zapatero mayores habilidades que las demostradas hasta ahora.

domingo, 13 de julio de 2008

El envoltorio y las ideas

Que la imagen ha sustituido a las palabras y el marketing a las ideas en un grado muy importante no es ningún secreto. Y este fenómeno de sustitución no es exclusivo de un ámbito concreto. Se da en los informativos televisivos, por ejemplo, que optan cada vez más por la imagen en detrimento del argumento y de la densidad del guión. Y también, sin duda, en el ámbito de la política.

Los partidos políticos optan hoy por logos atractivos y por una imagen corporativa moderna y sofisticada con el fin último de ganar adeptos. Nadie puede negar que en nuestro contexto la imagen tiene una importancia enorme y que es necesario presentarse ante la sociedad de forma atractiva. Desde ese punto de vista, el potenciamiento de una imagen fácilmente reconocible no sólo es algo lícito, sino además necesario.

Ahora bien, esta necesidad no ha sido complementaria de la necesaria solidez y claridad de ideas, sino que las ha sustituido, de forma que la imagen y por lo tanto el marketing parece haberse convertido en la única vía de reclutamiento de nuevos militantes. La adhesión a los partidos se convierte así en la adhesión a un logo, a una imagen corporativa y, por encima de todo, a un liderazgo que se percibe como plenamente legítimo e infalible por el simple hecho de ser tal. Los argumentos pierden fuerza e importancia, ya que de lo que se trata es de adherirse de forma acrítica a unas siglas atractivas y defenderlas con uñas y dientes frente al adversario.

A todo lo anterior podemos achacar, a modo de ejemplo, algunas de las cosas que vemos en el PSOE actual, aunque el fenómeno sea general. Como nos encontramos en un contexto de crisis económica (con todas las letras) y las encuestas revelan que la ciudadanía percibe que la actuación del Gobierno, con la negación del propio fenómeno incluida, está siendo deficiente, el 37 Congreso del PSOE prefiere cerrar filas y votar a la búlgara para proyectar una imagen de unidad, no vaya a ser que la oposición saque provecho del asunto, a abrir un debate serio sobre la cuestión y a dar un urgente giro socialdemócrata a la política económica, como por historia y definición ideológica le correspondería. Por otro lado, ya que la falta de solidez de las ideas propias y la estrategia de jugar con las percepciones y no con los argumentos no permiten otra cosa, la única crítica que se dirige a Rosa Díez es que "es de derechas", como si no hubiera un buen puñado de auténticas razones para criticarla. Además, como el PSOE es el partido del progreso y del futuro, hay que 'renovarlo' a costa de esos aburridos y feos dirigentes de la vieja guardia. Y así hasta un largo etcétera.

La clave para regenerar el modelo de militancia no es otra que primar la adhesión a las ideas a la adhesión a las siglas. Contar con unos argumentos sólidos y defenderlos por encima de una determinada identificación partidista es una garantía para el buen funcionamiento de los partidos políticos, que son una pieza clave de las democracias representativas y cuya salud, por lo tanto, a todos nos incumbe. A ésto va unida la necesaria prevalencia de los incentivos colectivos y más puramente ideológicos sobre los incentivos exclusivamente personales y la necesidad de valorar, por encima de todo, el talento: ésa es la garantía para el correcto desempeño de la labor de reclutamiento de las élites que a los partidos corresponde.

sábado, 5 de julio de 2008

El PSOE es zapaterista

José Luis Rodríguez Zapatero y su equipo disfrutan de un enorme poder en el PSOE actual. Probablemente ejercen el mayor control sobre el partido desde la llegada de la democracia. Hoy, nos encontramos con un 37 Congreso del PSOE que aprueba por unanimidad (100%) la gestión de la Comisión Ejecutiva en el período 2004-2008, con el talentoso José Blanco a la cabeza.

La llegada de Zapatero a la secretaría general del PSOE supuso el ascenso a la cúpula del partido de toda una nueva clase política, joven, profundamente posmaterialista. En el 35 Congreso del PSOE tuvo lugar un brusco y muy atrevido cambio en la dirección del partido: se jubilaba a los 55 años a toda una generación de sólidos dirigentes socialistas, configurándose una ejecutiva repleta de caras nuevas en la que Zapatero no tuvo el detalle de incluir a los seguidores de los otros candidatos (Matilde Fernández, José Bono y Rosa Díez) ni a ninguno de los anteriores dirigentes.

Las virtudes de Zapatero son muchas. La concepción de la política como una forma de cambiar efectivamente las cosas y la concepción del cambio jurídico como algo imprescindible para impulsar un deseable cambio social son elementos clave de la lógica de la gestión gubernamental de Zapatero. La modificación del Código Civil para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo, la agilización del divorcio, la ley de dependencia o la implantación de la asignatura de Educación para la Ciudadanía han situado a España a la cabeza en políticas de progreso social, un lugar que nunca antes había ocupado. La España de Zapatero ha sorprendido al mundo y a muchos nos ha hecho sentirnos orgullosos de este país, convertido a ojos del mundo en una especie de Holanda del sur.

Sin embargo, el estilo de política del PSOE de Zapatero nada tiene que ver con ese estilo culto, intelectual y sanamente afrancesado del PSOE de Felipe González. La mediocridad es la nota predominante en la dirección socialista actual. La defensa de los argumentos propios ha sido casi totalmente sustituida por la crítica a las posiciones del contrario, y las 'cosas de la política' han prevalecido y prevalecen demasiado a menudo sobre la 'política de las cosas'. El peso político y la solidez de Zapatero, y por encima de admiraciones varias, se han revelado realmente escasos en el ámbito internacional. Al mismo tiempo, la demagogia y la constante crítica a quien legítima y necesariamente ha de hacerla, es decir, a la oposición, han llevado al PSOE a cultivar las malas artes de la política y a tener una responsabilidad no pequeña en el tono bronco de la pasada legislatura.

Por otro lado, los avances sociales han hecho olvidar a Zapatero que, además de la igualdad social, la socialdemocracia tiene el irrenunciable objetivo de lograr la igualdad económica, o de dar pasos al menos en esa dirección, como si la igualdad fuera el valor de un límite matemático, inalcanzable pero deseable. Nada se ha hecho en el ámbito fiscal, y las nuevas ayudas (2.500 euros por hijo y el 'descuento' de 400 euros en el IRPF) que, es cierto, implican un engordamiento de las exigencias al Estado, son insultantemente iguales para todos, para la pobre familia de un barrio de la periferia de Madrid y para una familia bien posicionada del barrio de Salamanca. Y, además de todo esto, Zapatero ha olvidado por momentos que es el Presidente de todos, y que antes que a la lucha partidista se debe a los ciudadanos. No es honesto ocultar una realidad incómoda porque eso pueda dañar los intereses políticos propios y dar argumentos al oponente.

Carme Chacón, Leire Pajín y Eduardo Madina se configuran como el seguro relevo de los actuales máximos dirigentes del PSOE, ya que, visto lo visto, la política española ha vuelto a recortar diez años la edad de jubilación de la clase política. Son inteligentes y tienen talento. Tengo la esperanza de que con ellos el PSOE de la demagogia y del amiguismo dé paso a un PSOE culto y socialdemócrata, donde prime el talento, sin renunciar por ello a las indudables virtudes del modelo Zapatero.